domingo, 17 de julio de 2016

CANTO AJENO - II

Igual podría desentrañar un relato
de cómo el hijo de Irene me paga para acechar su muerte
al borde de una cama de sanatorio.
(la alimento, escucho la historia del automóvil y el frenazo por quinta vez).
Mi memoria derrama recuerdos que no me pertenecen.
De cómo el empleado de la Remington abandona la pólvora al abrazo de plomo de cada uno de sus cartuchos
(desayuna con su mujer y sus hijos, no lo intimida el rotario celoso que le corta el aliento de un balazo).
El cielo se abalanza sobre los techos.
De como el pescador devuelve la espalda al océano
los peces boquean en su morral, codiciando el último anzuelo
cenaron gusanos, serán cena de un rey asesinado por su hermano que será cena de gusanos
(es interminable la escena, se repite a cada muerte).
El viento busca su forma entre la arboleda.
En ubicarme por las calles de Brasilia, la de las calles trazadas,
me extravié entre Sonora y Nairobi,
el centro fue el final y al contrario,
también el eje de partida fue el de llegada.
Ni brújula ni mapas pudieron ayudarme:
el desierto, al final, es uno solo;
las tempestades los alteran a diario
la cirugía furiosa del huracán engendra una cara nueva cada día;
sucede que el viento mueve cada duna,
cada grano de arena que se apila sobre otro
es hijo de una roca engendrada por una montaña
inmóvil al principio, cimentada hasta su mismo centro al suelo.
Así, el tiempo no tiene fin
cambian la fe, la técnica y el relato
pero el océano es infiel a todas sus orillas.
En el mar de leva late la lluvia que mañana es río,
un libro de mil páginas amordaza una frase repetida:
una y cien veces es igual;
igual el olor del pan nublando las calles de Marsella.
Descubro armonía en los días de litio,
en los fines de semana acechando por la mirilla de la puerta,
encontrando la gloria en la desnudez de la mente, en el pánico perfecto,
sumando las horas que estuve inmóvil, errando por los confines de los cuatro rincones de mi cuarto para terminar empantanado en el arenal fangoso de Broadway y Madison donde el hormigón de las veredas amordaza el aliento a los espinillos.

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